Dungeons & Dragones
Cuando me senté a ver Dungeons & Dragons, no esperaba gran cosa. Pensé que sería otra película de fantasía llena de clichés, monstruos gigantes y héroes que hablan como si se hubieran aprendido un manual medieval. Pero lo que encontré fue una experiencia tan divertida, tan ligera y tan sorprendentemente emotiva, que al terminar me descubrí sonriendo como si hubiera sido parte del equipo.
La sensación que me dio desde el principio fue la de estar entrando a una campaña real de D&D. No porque haya jugado muchas, sino porque la película tiene ese tono tan espontáneo, tan imperfecto y tan caóticamente gracioso que solo se logra cuando un grupo de aventureros toma decisiones que no siempre tienen sentido… pero que funcionan. Y eso fue lo primero que me encantó: no se toma demasiado en serio, pero tampoco cae en lo ridículo.
El personaje de Edgin me ganó rápido. Tiene ese estilo relajado de líder por accidente, alguien que no siempre sabe lo que está haciendo, pero que tiene suficiente corazón para intentarlo igual. Su sentido del humor, su forma de resolver problemas con canciones, palabras bonitas o ideas terriblemente improvisadas me hizo sentir que estaba viendo a ese jugador del grupo que siempre quiere hablar con los NPC en lugar de pelear.
Holga, por otro lado, es exactamente lo que imaginé al pensar en una guerrera bárbara. Práctica, directa, fuerte como un árbol y con un sentido del cariño tan rudo que me fascinó. Su relación con Edgin es uno de los puntos más cálidos de la película, pero nunca de forma exagerada ni melosa. Es simplemente esa amistad incondicional, del tipo que sostiene al grupo cuando todo empieza a derrumbarse.
Y luego está Simon, el mago con cero autoestima pero toneladas de potencial oculto. Su evolución es una de mis partes favoritas porque no se siente forzada; lo ves fallar, tropezar, dudar… y cuando finalmente se levanta, sientes esa pequeña chispa de orgullo ajeno que solo se produce cuando un personaje realmente te conquista.
Lo que también me sorprendió es lo bien representado que está el mundo en sí. Hay criaturas icónicas, escenarios llenos de magia, castillos imposibles, calabozos oscuros y hasta ese humor absurdo que nace de decisiones que, en teoría, deberían salir mal… pero terminan creando momentos memorables. Hubo un par de escenas especialmente la que involucra un cadáver que responde preguntas que me hicieron reír más de lo que esperaba.
Y aun así, no todo es humor. La película tiene un corazón muy claro: la búsqueda de Edgin no es solo aventura, es también una historia de pérdida, redención y segundas oportunidades. Ese toque emocional bien colocado fue lo que terminó de equilibrar todo. Entre risas, peleas, magia y caos, también hay un mensaje sobre lo que uno está dispuesto a hacer por las personas que ama.
Las escenas de acción son dinámicas, creativas y visualmente llamativas sin caer en lo confuso. Cada personaje aporta algo: fuerza, magia, estrategia o simplemente un plan que nadie entiende pero que de alguna forma termina funcionando. Y ese espíritu de “trabajo en equipo aunque nadie siga el mismo manual” me recordó exactamente por qué este tipo de historias funcionan tan bien.
Cuando llegó el final, tuve esa sensación de haber acompañado a un grupo real de aventureros. Con defectos, sí. Con decisiones cuestionables, también. Pero con un corazón enorme y una energía increíble que te arrastra con ellos.
Si te gustan la fantasía, la comedia, las aventuras o simplemente quieres pasar un muy buen rato, Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves es una película que deberías ver. Es fresca, divertida, ingeniosa y sorprendentemente cálida.
Te recomiendo verla; es el tipo de aventura que te deja con la sensación de que tú también podrías lanzarte a una misión improbable con tus propios amigos.
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