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Yo Antes de Ti

Cuando vi “Yo Antes de Ti” por primera vez, no estaba preparado para el impacto emocional que me esperaba. Entré pensando que sería una historia romántica más, de esas que ya conocemos de memoria, con sus clichés bien acomodados y un final que se ve venir desde lejos. Pero desde los primeros minutos me di cuenta de que esta película tenía algo distinto, algo que no se conformaba con simplemente contar una historia de amor, sino que quería tocar fibras profundas, esas que uno intenta mantener guardadas porque sabe que, cuando se mueven, duelen.

La protagonista, Louisa Clark, es uno de esos personajes que te ganan con su luz. Su energía, su peculiar forma de vestir, su espontaneidad… todo en ella parece decir: “Aquí estoy, aunque el mundo no siempre haya sido amable conmigo”. Y eso me hizo conectar de inmediato. No es una heroína perfecta, ni pretende serlo. Es alguien que, como muchos de nosotros, trata de sacar lo mejor de la vida con lo que tiene. Y cuando la vida la coloca frente a Will Traynor, un hombre que ha perdido casi todo aquello que lo hacía sentirse vivo, su mundo cambia por completo.

Will, antes del accidente que lo deja en silla de ruedas, era un hombre lleno de planes, aventuras, éxito y ambición. Verlo ahora, emocionalmente roto, encerrado en su propio dolor y su propia rabia, es impactante. Su frialdad inicial, ese rechazo contundente hacia quienes intentan acercarse, es completamente comprensible. Y ahí es donde la película me atrapó: no intenta endulzar la realidad ni convertir a Will en un mártir. Lo muestra como alguien que sufre profundamente, que lucha por aceptar una vida que siente que ya no le pertenece.

A medida que Lou y Will comienzan a convivir, se forma una conexión que no surge de la nada, sino que se construye poco a poco. Y esa construcción es uno de los mayores aciertos de la película. Nada es forzado, nada es inmediato. Son miradas, pequeñas conversaciones, detalles que van abriendo grietas en las murallas que ambos han levantado.

Uno de los momentos que más me marcó fue cuando Lou empieza a descubrir quién era realmente Will antes del accidente. Las fotos, las historias, los lugares. Para ella es casi como conocer a dos personas distintas en un mismo cuerpo. Y es ahí donde se da cuenta de que, aunque él ya no pueda vivir como antes, aún tiene la capacidad de sentir, de reír, de emocionarse… si alguien lo acompaña desde un lugar sincero.

Lo que también me gustó es cómo la película representa el tema de la discapacidad sin convertirlo en un acto de lástima ni en una narrativa de “superación obligatoria”. Se siente honesto, se siente real. Will no quiere que el mundo lo admire por levantarse cada día; simplemente quiere tener control sobre su propia vida, incluso si ese control lleva a decisiones que duelen.

A medida que la película avanza, mi corazón se volvió un campo de batalla. Por un lado, deseaba ver a Will encontrar un nuevo motivo para vivir. Por otro lado, entendía el peso de su dolor. Y Louisa, con toda su ternura y su insistencia incansable, se convierte en un rayo de luz que él no sabía que necesitaba. Las escenas entre ellos tienen una calidez que rara vez se logra en el cine romántico moderno. Son dos personas completamente distintas, unidas por el simple hecho de estar heridas de formas que ninguno esperaba.

Las risas que comparten, los viajes, los silencios incómodos, los roces involuntarios… cada momento está impregnado de una humanidad que se siente real. No es amor a primera vista. Es amor que nace como nace en la vida: despacio, con miedo, con dudas, pero también con una esperanza ingenua que se aferra a cualquier chispa.

Y claro, llega el momento en el que uno empieza a sospechar hacia dónde se dirige la historia. Sientes un nudo que se va formando, una presión en el pecho que no se va. La película no engaña: no es una fantasía donde todo sale perfecto. Es una historia que te obliga a enfrentar la fragilidad de la vida, la complejidad de las decisiones humanas y el amor en su versión más dolorosa.

Cuando llegó el final, me quedé unos minutos sin moverme. No era tristeza únicamente; era una mezcla de gratitud por la historia, de rabia por lo inevitable y de reflexión sobre lo que significa realmente amar a alguien. Lou aprende que amar no siempre es convencer a alguien de quedarse, sino acompañarlo en sus decisiones, incluso cuando duelen. Y Will, desde su silencio final, deja una huella que transforma para siempre la vida de quien lo rodeó.

“Yo Antes de Ti” no es simplemente una película romántica; es una experiencia emocional que te invita a valorar cada día, cada gesto, cada oportunidad de decir lo que sientes. Es una historia que se queda contigo, que te hace pensar en cómo vivimos, en cómo amamos y en lo importante que es no dejar pasar el tiempo sin intentar ser felices.

Si aún no la has visto, te la recomiendo de corazón. Prepárate para sentir, para llorar, para sonreír y para reflexionar sobre la vida de una manera que pocas películas logran. Y quién sabe… quizás descubras, como yo, que a veces las historias más dolorosas son también las que más transforman.

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