Bajo la Misma Estrella
Cuando terminé de ver “Bajo la Misma Estrella”, sentí que algo dentro de mí se había movido, como si una parte de mi corazón hubiera sido presionada suavemente hasta obligarme a sentir cosas que no quería, o quizá sí, pero que había mantenido escondidas. Esta película no entra suavemente en tus emociones; las toma con delicadeza, las aprieta y luego, de vez en cuando, las libera para que puedas respirar. Pero nunca te suelta del todo.
La historia sigue a Hazel Grace Lancaster, una chica que vive con cáncer desde hace años. Desde el primer momento sentí su cansancio, su forma de ver la vida desde un lugar donde cada respiración es un recordatorio de lo frágil que somos. Hazel no es melodramática ni se pinta como una víctima perfecta; más bien, es honesta, directa, profundamente humana. Y eso fue lo primero que me atrapó. Habla como alguien que ha vivido demasiado para su edad, pero que sigue siendo, en el fondo, una joven que quiere amar, reír, equivocarse y sentir cosas normales.
Cuando aparece Augustus Waters, todo da un giro que uno no ve venir. Él entra como un rayo de luz, pero no de esos que deslumbran, sino de esos cálidos que se cuelan por la ventana en una mañana tranquila. Su personalidad es encantadora sin exagerar, segura sin imponerse, curiosa sin invadir. Y, aunque parece tener una fuerza emocional enorme, también arrastra sus propias sombras. Desde su primera conversación con Hazel, sentí que algo especial se estaba encendiendo entre ellos, algo que no dependía del tiempo que tuvieran, sino de la intensidad con la que vivieran cada momento.
Lo que me sorprendió de la película es cómo aborda la enfermedad sin convertirla en una excusa para la tristeza constante. No es una historia sobre el cáncer, sino sobre dos personas que intentan vivir y amar dentro de una realidad complicada. Esto le da un tono profundamente humano. Hay humor, hay travesuras, hay momentos de ternura y otros de incomodidad. Es una mezcla que se siente real, lejos de la típica historia romántica perfecta.
Uno de los elementos que más me llegó fue cómo ambos personajes se permiten mostrarse vulnerables. Hazel teme amar demasiado porque sabe que podría perderlo todo en cualquier momento. Augustus teme no dejar una huella en el mundo. Ambos, en su lucha interna, se encuentran en un punto donde necesitan lo que el otro ofrece: comprensión, compañía, y esa sensación de que, aunque la vida sea incierta, aún vale la pena compartirla.
Cada escena entre ellos tiene un peso especial, incluso las más simples. Ya sea hablando en un banco, bromeando sobre metáforas o compartiendo silencios que dicen más que las palabras, todo parece construido para que llegues a conocerlos de verdad. Y cuando viajan juntos a Ámsterdam, hay un antes y un después. Ese viaje es una ventana para que ambos, y también nosotros como espectadores, respiremos un poco de esperanza. Pero al mismo tiempo, hay un presagio de que la calma no durará mucho.
Me encantó cómo la película juega con la idea de que el amor no tiene que ser eterno para ser significativo. Hazel y Augustus no buscan un “para siempre”, buscan un “ahora”, un “esto es lo que tenemos y lo voy a vivir contigo”. Eso es lo que hace que la historia sea tan poderosa. No se trata de promesas, sino de presencia. De aceptar que la vida es breve, injusta, complicada… y aun así abrir el corazón.
Cuando llega el giro emocional más fuerte, ese momento en el que la historia muestra su crudeza sin pedir permiso, sentí que el aire del cuarto se volvió más pesado. No lloré por obligación ni por manipulación; lloré porque la película construyó todo de una manera tan honesta que era imposible no sentirlo. Me dolió, pero también me hizo agradecer todo lo que había visto hasta ese punto.
El final es una mezcla dulce y amarga, una reflexión sobre el amor, la pérdida, el propósito y la belleza escondida en las pequeñas cosas. Hazel no se convierte en una versión exageradamente fuerte de sí misma; simplemente sigue adelante con lo que tiene, recordando lo que vivió y conservando esa chispa que Augustus dejó en su vida. Esa chispa que, de alguna manera, también queda en nosotros.
“Bajo la Misma Estrella” es una película que no busca hacerte sufrir gratuitamente. Busca que sientas, que reflexiones, que recuerdes que amar siempre vale la pena, incluso cuando viene acompañado de dolor. Es un recordatorio de que la vida no se mide en años, sino en momentos que realmente importan.
Si aún no la has visto, te la recomiendo con el corazón en la mano. Prepárate para emocionarte, para sonreír, para reflexionar y, sobre todo, para dejar que una historia sencilla pero profundamente humana te toque de verdad. Y quién sabe… quizás, después de verla, también empieces a valorar de manera distinta esas pequeñas cosas que solemos pasar por alto bajo la misma estrella.
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