Skip to content

Arrástrame al infierno

Desde la primera vez que vi “Arrástrame al infierno”, sentí que estaba frente a una de esas películas que no se toman demasiado en serio a sí mismas, pero que justamente por eso logran ser tan efectivas. Es como si Sam Raimi hubiera decidido recordarnos que el terror puede ser espeluznante, asqueroso, inesperado… y al mismo tiempo divertidísimo. Desde el inicio supe que lo que tenía por delante no era una experiencia de horror tradicional, sino un viaje caótico donde la desgracia, lo sobrenatural y el humor negro se mezclan en una receta que solo Raimi sabe cocinar.

La película sigue a Christine Brown, una joven que trabaja en un banco y que, en un intento desesperado por demostrar que puede tomar decisiones difíciles, rechaza la extensión de un crédito a una anciana llamada Mrs. Ganush. Ese momento, aparentemente pequeño y burocrático, se convierte en el inicio de su condena. Y lo que más me impactó es lo fácil que es empatizar con Christine: no es malvada, no es insensible, solo intenta sobrevivir dentro de un sistema que la obliga a elegir entre ser “comprensiva” o ser “fuerte”. Y por ironías crueles del destino, su decisión la arroja directamente a los brazos de una maldición que no entiende y que no puede detener.

Lo que más recuerdo de esa escena es la incomodidad. La anciana suplicando entre lágrimas, Christine dudando, los empleados alrededor mirando… y esa sensación molesta de que, en otra situación, Christine habría ayudado. Pero ahí está lo macabro de la película: ese único instante de egoísmo, de debilidad, de ambición lo que uno quiera llamarle basta para que el infierno se fije en ti.

Al poco tiempo, Christine empieza a experimentar la presencia de la maldición de la Lamia, una entidad demoníaca que se alimenta del sufrimiento antes de arrastrar el alma de su víctima a un destino eterno. Lo que me encantó del desarrollo es cómo la película mezcla terror auténtico con momentos que rozan lo grotesco y lo absurdo, pero que funcionan dentro de su propio universo. Hay escenas tan inesperadas que no sabes si gritar, reírte, o las dos cosas al mismo tiempo.

La primera confrontación con Mrs. Ganush en el estacionamiento es un ejemplo perfecto. Esa pelea es una de las secuencias más caóticas, exageradas y creativas que he visto en una película de terror moderno. No solo me dio asco y miedo, también me sacó una carcajada nerviosa. Y ahí entendí que Raimi no está tratando de hacer una película seria; está explorando el terror desde un lugar caricaturesco pero inquietante, donde las emociones se sienten tan extremas que se vuelven adictivas.

A medida que la maldición avanza, Christine intenta recuperar el control de formas cada vez más desesperadas. Va con psíquicos, realiza rituales, busca explicaciones racionales donde claramente no las hay. Y lo impresionante es ver cómo su vida, que al comienzo parecía tan normal, tan ordenada, empieza a derrumbarse pieza por pieza. Sentí su angustia cada vez que la entidad la atormentaba, cada vez que un sonido, una sombra o incluso una mosca la hacían perder el control.

Hay algo muy humano en verla luchar contra lo inevitable, como si creyera que a fuerza de insistencia podría convencer al universo de que la perdone. Esa insistencia en “arreglarlo todo”, incluso cuando ya no hay nada que arreglar, me recordó esa parte nuestra que no acepta el fracaso, que no tolera la idea de que hay cosas que simplemente no se pueden revertir.

Pero lo que más me marcó fue su progreso emocional. Christine comienza el filme queriendo demostrar que es fuerte, decidida, profesional. Pero conforme el demonio la acorrala, se quiebra, se desespera, se ensucia, se enfrenta a cosas grotescas y humillantes que jamás habría imaginado. Y aun así, sigue luchando. La película, entre risas nerviosas y momentos horribles, se convierte en un retrato de una mujer que intenta desesperadamente salvar su alma cuando ya casi no tiene nada que perder.

El ritual final es una de las partes más intensas. Todo se siente posible, todo se siente caótico, y por un momento pensé que Christine realmente podría romper la maldición. La vi esforzarse, sacrificarse, arriesgarlo todo… y confieso que me ilusioné con la idea de que lograría escapar. Pero Arrástrame al infierno no es ese tipo de historia. Es más cruel, más retorcida, más fiel a su título de lo que uno espera.

El final me dejó helado. Esa última escena en la estación del tren, cuando todo parece haber mejorado, cuando la tensión baja lo suficiente para que uno respire… y de pronto la verdad se revela de golpe, brutal, inevitable. No pude evitar sentir una mezcla de shock y tristeza. Porque Christine no es una heroína perfecta, pero tampoco merecía ese destino. Y, sin embargo, la película lo entrega con una frialdad que resulta tan aterradora como efectiva.

Cuando terminó, me quedé mirando mi propio reflejo en la pantalla oscura, con la sensación de que algo podría estar detrás de mí, respirando, esperando. Y me hice una pregunta que todavía me cuesta sacarme de la cabeza:

¿Y si un simple error, una mala decisión en el momento equivocado, fuera suficiente para condenarnos también a nosotros?

Si te gustan las películas que combinan terror, humor negro y giros inesperados, te recomiendo verla. Solo… procura no deberle nada a nadie después de hacerlo.

véala aquí: prime video