Deadpool 3 (2024)
Cuando fui al cine a ver Deadpool 3 (2024), iba con una mezcla rara de emoción y miedo. Por un lado, el regreso de Wade Wilson siempre me emociona, pero por otro, tenía esa duda inevitable de si esta tercera entrega podría sostener el humor, la locura y el corazón que hicieron tan especiales a las anteriores. Y además estaba Wolverine… un personaje tan distinto a Deadpool que, honestamente, no sabía si esa combinación funcionaría. Pero apenas comenzó la película, entendí que no solo funcionaba, sino que era algo que jamás había visto en el género de superhéroes.
Lo primero que sentí fue que la película no busca seguir las normas tradicionales. Deadpool sigue siendo Deadpool: sarcástico, caótico, impredecible y emocional en los momentos más inesperados. Pero esta vez, su historia tiene un peso diferente, uno que no se oculta detrás de chistes o escenas violentas, sino que se integra de una manera que te hace conectar con él incluso más que antes. Y luego está Wolverine, interpretado otra vez por Hugh Jackman con una fuerza que me impresionó. No es un Wolverine decorativo ni un cameo para complacer fans; es un personaje con un conflicto profundo, con heridas abiertas, con una historia que todavía necesita contarse. Su presencia eleva la película de una forma que jamás imaginé.
La química entre ambos es tan explosiva como divertida. Se insultan, se pelean, se odian y, de alguna forma, se necesitan. Cada escena entre ellos tiene una energía especial, una tensión que mezcla humor, dolor, cansancio y una especie de cariño torpe que ni ellos mismos quieren admitir. Me hizo reír más de una vez, pero también me sorprendió cuántas veces me dejó pensando. No esperaba encontrar momentos tan honestos entre dos personajes que viven envueltos en sarcasmo y violencia. Pero ahí están, apareciendo en los momentos menos obvios, recordándote que incluso los antihéroes tienen cicatrices que pesan.
La acción es un espectáculo por sí mismo. Es más brutal, más grande y más creativa que en las películas anteriores, pero sin perder esa esencia caótica que caracteriza a Deadpool. Y cuando Wolverine entra en acción, todo sube de nivel. Ver a ambos pelear juntos o pelear entre ellos es una experiencia que vale la pena vivir en pantalla grande. Hay una intensidad tremenda en cada golpe, en cada movimiento, en cada explosión. Y a pesar de lo frenético del ritmo, la película nunca pierde el foco de la historia emocional que está contando.
Algo que realmente me llamó la atención fue la forma en que manejan el concepto del multiverso. Aquí no se usa como una excusa para desordenar la trama, sino como un recurso que permite explorar nuevas posibilidades, abrir puertas y jugar con versiones distintas de los personajes. Todo tiene sentido dentro de su locura, como si Deadpool y Wolverine se movieran a través de un universo que está tan cansado como ellos, pero que aún así los empuja a enfrentar lo que llevan cargando desde hace años.
Al final, lo que más me sorprendió fue el balance. La película es irreverente, intensa, emocional, absurda, divertida, violenta y sorprendentemente honesta. Todo al mismo tiempo. Sentí que estaba viendo una historia que respeta a sus personajes y a sus fans, pero que también se atreve a romper reglas sin miedo. Y cuando terminó, me quedé con esa sensación de haber visto algo especial, algo que marca un antes y un después, algo que no busca imitar a otras películas del género, sino que abre su propio camino.
Salí del cine pensando que Deadpool y Wolverine todavía no han dicho su última palabra. Que hay miradas, detalles y momentos que parecen esconder algo más profundo, algo que quizá no se está revelando del todo y que podría cambiarlo todo más adelante. Y esa sensación de misterio, de que todavía queda algo por descubrir, hizo que la película se quedara conmigo mucho más tiempo del que esperaba.
Te recomiendo muchísimo que veas esta película… quizá encuentres algo que nadie más ha notado todavía.
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