Mad Max: Furia en el Camino
Lo que sentí al ver Mad Max: Furia en el Camino por primera vez fue parecido a recibir un golpe de adrenalina directo al pecho. No una emoción progresiva, no un “va creciendo poco a poco”… no. Desde el segundo en que la película arranca, tuve esa sensación de estar entrando a un mundo que no me iba a dar respiro. Y lo increíble es que jamás me preparé para lo que vino después. Porque no es solo una película de acción: es un estallido visual, un poema salvaje sobre la supervivencia y un ejemplo perfecto de cómo el cine puede narrar sin necesidad de decir demasiado.
Recuerdo que mientras la veía, pensé que hacía mucho tiempo no encontraba una película tan ruidosa, tan intensa y al mismo tiempo tan elegante en su forma de contar. Es curioso, porque casi todo sucede a una velocidad absurda: motores rugiendo, explosiones, persecuciones que parecen imposibles, desierto infinito… pero en medio de toda esa locura, cada plano parece estar puesto con una precisión quirúrgica. Sentí como si estuviera viendo una coreografía brutal, donde la arena, los fierros y los cuerpos se mueven al mismo ritmo, como si todo estuviera vivo.
Max, interpretado por Tom Hardy, es un protagonista que habla poco, pero transmite muchísimo. Esa es una de las cosas que más me atrapó. No necesitas que te expliquen su historia para entender que está roto, que arrastra pérdidas, que su mente es un campo de batalla. Me encanta que la película no trate de convertirlo en un héroe perfecto; es solo un hombre tratando de sobrevivir en un mundo donde la cordura dejó de existir hace mucho tiempo.
Pero si hay alguien que realmente se queda contigo después de ver la película, es Imperator Furiosa. Charlize Theron le da una fuerza increíble, de esas que se sienten incluso cuando no está hablando. Es una mujer que no busca gloria ni redención, sino libertad. En cada mirada, en cada gesto, sentí ese peso enorme de alguien que ha visto demasiado y que aun así mantiene la determinación intacta. Su presencia convierte la película en algo más que una historia de huida: la vuelve una lucha personal, un grito desesperado contra un tirano que controla el recurso más valioso en ese mundo devastado.
Mientras avanzaba la historia, algo curioso me pasó: empecé a olvidarme de que estaba viendo una película de acción. No porque no lo fuera lo es, y probablemente una de las mejores del siglo sino porque estaba tan inmerso en esa humanidad escondida entre el caos que me encontré sintiendo empatía por personajes que aparecían apenas unos minutos. Cada uno tiene un motivo para correr, y aunque no conozcas su vida completa, la película te permite sentir su miedo, su esperanza, su rabia.
Algo que me parece fascinante es cómo George Miller crea un universo visual que prácticamente te cuenta la historia sin palabras. La suciedad, la chatarra convertida en armas, la ropa desgastada, los símbolos marcados en los cuerpos, la música atronadora que parece obsesionar a los guerreros… todo habla. Todo aporta. Todo te envuelve. Es una narrativa física, una narración que se vive más con los sentidos que con la mente. Yo terminé completamente absorbido por ese desierto, como si el calor, la arena y el ruido de los motores estuvieran a un paso de salirse de la pantalla.
Y claro, no puedo negar que la acción es una locura en el mejor sentido posible. No se siente digital, no se siente plástica: se siente real, peligrosa, sucia. Cada salto, cada choque, cada maniobra imposible parece tener peso. Hay algo visceral en la forma en que la cámara sigue a los personajes, como si estuviera atrapada con ellos. Y en medio de toda esa violencia física, te das cuenta de que lo que realmente mueve la historia es el deseo de encontrar un lugar mejor. Un lugar que quizá no exista, pero que vale la pena perseguir aunque tengas todo en contra.
Cuando la película terminó, me quedé en silencio. No por falta de palabras, sino porque sentí que acababa de presenciar algo lleno de energía, de desesperación y de belleza al mismo tiempo. Pocas veces el cine logra transmitir todo eso sin saturarte, sin perderte, sin alejarte. Mad Max: Furia en el Camino te sacude, te arrastra, te empuja… y de alguna manera, te deja pensando en qué harías tú si vivieras en un mundo donde cada día puede ser el último.
Y lo más extraño es que, aunque parece que todo queda resuelto, hay una inquietud que se queda rondando. Como si ese desierto todavía guardara secretos. Como si, en algún rincón del camino, hubiera algo más esperándonos.
Yo te recomiendo muchísimo ver esta película… pero quién sabe qué descubrirás tú en ese viaje salvaje.
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