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Oculus

Desde que vi “Oculus” por primera vez, sentí esa extraña mezcla de incomodidad y fascinación que solo generan las películas que juegan con tu mente. No es la típica historia de terror que se apoya en sobresaltos fáciles; es una experiencia que se mete en tus pensamientos, los revuelve, y luego te deja preguntándote si lo que viste fue real o una ilusión cuidadosamente construida. Y es justamente esa incertidumbre lo que me atrapó desde el minuto uno.

La película sigue a dos hermanos, Kaylie y Tim, quienes, tras años marcados por un trauma familiar devastador, deciden enfrentarse al responsable de su desgracia… un espejo antiguo, aparentemente maldito. Desde el principio me llamó la atención que Oculus no se enfocara solo en el objeto sobrenatural, sino en la memoria, la percepción y el pasado quebrado de sus protagonistas. Es una historia de terror psicológico disfrazada de cuento paranormal, y creo que por eso me impactó tanto.

Kaylie, obsesionada con demostrar que el espejo es el origen de toda la tragedia, carga con esa determinación casi desesperada que nace del dolor sin resolver. Tim, recién salido de una institución, representa la voz racional, la que intenta explicar lo ocurrido desde una perspectiva mental, científica, lógica. Y la tensión entre ambos no solo es emocional, sino narrativa. Mientras uno se aferra a la cordura, el otro se aferra a la verdad… pero la película no te dice cuál de los dos está realmente más cerca de ella.

Algo que me encanta de Oculus es su estructura. Los saltos entre pasado y presente no son simplemente flashbacks; se sienten como si los recuerdos se mezclaran con las sensaciones del ahora. Hay momentos en los que no supe literalmente en qué tiempo estaba. Mike Flanagan construye esta narrativa de forma tan fluida que uno llega a sentir la misma confusión que los personajes. Y eso es brillante y perturbador al mismo tiempo.

Recuerdo una escena donde el espejo comienza a distorsionar la percepción de la realidad. Los personajes creen que están actuando de una manera, pero luego descubren que no es así. Esa idea me dejó helado. Es terror puro, pero un terror que no te grita, sino que te susurra al oído que nada de lo que ves es confiable. ¿Qué podría ser más aterrador que perder la capacidad de confiar en tus sentidos?

Kaylie, con toda su preparación y sus cámaras y su guion meticuloso, intenta controlar algo que, desde el principio, deja claro que no puede ser controlado. Cada vez que el espejo manipula a los personajes, sentí esa impotencia familiar de saber que, por más que uno se prepare, hay fuerzas que no se detienen con lógica humana. Y aunque ella aparenta fuerza, su obsesión también la convierte en víctima. Es interesante ver cómo el trauma la moldea, cómo la convierte en alguien que lucha contra algo invisible pero con una intensidad que casi parece peligrosa.

Tim, por su lado, intenta mantener la cordura, pero el espejo es experto en derribar certezas. Lo que más me inquietó fue cómo su pasado regresa a él de maneras distorsionadas, casi crueles. No pude evitar empatizar con su miedo, porque se siente tan real como cualquier ansiedad que uno ha cargado alguna vez. Esa sensación de no poder confiar en tus recuerdos, de no saber si lo que viviste fue como lo recuerdas, es más inquietante que cualquier monstruo de película.

El espejo, sin necesidad de moverse ni hablar, es uno de los villanos más impactantes que he visto. Es frío, paciente, calculador. No necesita hacer ruido: solo espera, observa y distorsiona todo a su paso. La película logra darle una presencia tan marcada que llegué a sentirlo como un personaje más, uno que siempre está un paso adelante, como si conociera las debilidades emocionales de sus víctimas y supiera exactamente cómo explotarlas.

Hacia el final, la confusión se vuelve tan intensa que es imposible distinguir lo real de lo ilusorio. Y lo más impresionante es que no sientes que la película te engañe; sientes que te atrapa, que te envuelve junto a los personajes en una red de imágenes engañosas, recuerdos modificados y percepciones manipuladas.

El desenlace fue un golpe emocional. Trágico, inevitable, casi cruel, pero completamente coherente con la naturaleza del espejo. Cuando vi la última escena, me quedé en silencio, mirando el reflejo en mi propia pantalla, preguntándome qué tan segura está la línea entre lo que vemos y lo que creemos ver. Oculus no necesita explicarte nada; entiende que lo más aterrador es aquello que no puedes confirmar ni desmentir. Me dejó pensando en cómo nuestros recuerdos nos traicionan, cómo nuestros sentidos pueden manipularnos… y cómo hay cosas, quizá, que no queremos mirar demasiado de cerca.

Terminé la película con una duda inquietante que todavía me persigue:

¿Y si hay objetos que, sin que lo sepamos, también nos observan… esperando el momento exacto para mostrarnos algo que no queremos ver?

Si te gustan las historias que juegan con tu mente más que con tus nervios, definitivamente te recomiendo esta película. Te aseguro que después de verla, pensarás dos veces antes de confiarle a un espejo algo tan sencillo como tu reflejo.

véala aquí: prime video