Presagio
Hay películas que, sin proponérselo abiertamente, dejan una sensación extraña en el pecho, como si algo de lo que acabas de ver estuviera tratando de decirte más de lo que muestra en pantalla. “Presagio” es exactamente ese tipo de obra. No es solo un thriller misterioso ni una historia sobre códigos, números o catástrofes; es una reflexión disfrazada bajo una narrativa inquietante que te empuja a cuestionar lo inevitable, lo desconocido y lo que podría estar más allá de nuestra comprensión.
La cinta comienza con un hallazgo aparentemente inofensivo: una cápsula del tiempo enterrada hace décadas en el patio de una escuela. Lo que se supone que debería ser un ejercicio nostálgico termina revelando una hoja llena de números, escrita por una niña que, desde el primer momento, parece cargada de un tipo de angustia que no pertenece a la infancia. Esos números, lejos de ser aleatorios, esconden un patrón preciso, casi obsesivo, que predice con exactitud fechas, lugares y víctimas de desastres que han ocurrido a lo largo de los años.
Cuando el protagonista, John Koestler, se cruza con esa hoja, su vida cambia por completo. Él no es un personaje heroico ni un genio que siempre tiene la respuesta correcta. Es un hombre desgastado, marcado por la pérdida, y cuya relación con su hijo está llena de silencios que pesan más que las palabras. Esa vulnerabilidad es lo que le da fuerza a la película: lo que sigue no es solo la obsesión de un académico descifrando patrones, sino la lucha de un padre que intuye que algo terrible se acerca y cuya única meta, en medio de todo, es proteger a su hijo.
Una de las cosas que más me atrapó de “Presagio” es la forma en que combina la tensión práctica —las catástrofes que están por ocurrir— con una tensión emocional más profunda. Cada número que John descifra es un golpe, una revelación que lo acerca más a una verdad que no quiere conocer. Y, sin embargo, sigue adelante. Hay algo poderoso en verlo debatirse entre lo racional, lo espiritual y lo inevitable. La película consigue que ese conflicto interno sea tan importante como los hechos externos, y eso hace que uno se involucre de manera personal, incluso sin darse cuenta.
Los momentos en los que ocurren las catástrofes están construidos con una intensidad que te toma por sorpresa. No se sienten como escenas armadas solo para impresionar, sino como fragmentos de un destino que cae encima de los personajes sin miramientos. Hay un realismo incómodo en la forma en que se desarrollan, una crudeza que te recuerda que hay cosas que escapan completamente a nuestro control. Y ver a John enfrentarse a cada una de esas señales, intentando encontrar un punto débil en un futuro ya escrito, genera una tensión que te acompaña durante toda la película.
Pero más allá de los desastres, lo que más pesa es el misterio detrás de la niña que escribió la lista, las visiones que atormentaban a quienes estaban conectados con ella y esa presencia silenciosa que observa desde las sombras. La película no te da respuestas de inmediato, y ese espacio de incertidumbre es lo que la vuelve tan absorbente. Hay símbolos, imágenes insistentes y sensaciones que permanecen sin explicación durante gran parte del relato, como si el universo estuviera tratando de comunicarse de una manera que no terminamos de entender.
La relación entre John y su hijo también juega un papel esencial. En medio del caos, ambos intentan reconectar, comprenderse y protegerse mutuamente. Es un lazo frágil, pero real, que se vuelve el corazón de la historia. Sin esa humanidad, la película no tendría el mismo impacto emocional. Porque lo que está en riesgo no es solo el mundo, sino una familia que intenta reconstruirse mientras todo a su alrededor parece derrumbarse.
El tramo final es uno de esos momentos que polariza a quienes la ven, pero para mí fue uno de los más memorables precisamente por su atrevimiento. Deja atrás cualquier intento de explicación convencional y se hunde de lleno en un terreno metafísico que puede interpretarse de muchas maneras. No busca una salida fácil. No aligera la carga. Y, aun así, logra transmitir una mezcla de melancolía, esperanza y desasosiego que permanece incluso cuando ya pasaron los créditos.
Terminé la película con esa sensación de inquietud suave que solo algunas historias consiguen dejar: como si te hubieran mostrado una pieza del rompecabezas del universo, pero no te hubieran permitido ver el resto. Y creo que ahí radica su encanto.
Si disfrutas de películas que mezclan intriga, drama emocional y un toque de misterio cósmico que se queda rondando en tu mente, entonces “Presagio” es una experiencia que deberías vivir. Te mantendrá atento, te hará cuestionar más de lo que crees y te dejará pensando en lo invisible, en lo inevitable… y en aquello que, quizá, siempre estuvo tratando de comunicarse con nosotros. Te recomiendo verla si buscas una historia que no solo entretiene, sino que también deja una huella silenciosa en la mente.
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