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Violet y Finch

Cuando vi “Violet y Finch” por primera vez, sentí que estaba entrando en un espacio emocional que pocas películas juveniles se atreven a explorar con tanta sensibilidad. Esta no es simplemente una historia romántica entre dos adolescentes; es un retrato íntimo de cómo dos personas rotas pueden encontrarse en el momento preciso… aunque no siempre puedan salvarse mutuamente.

La historia sigue a Violet Markey y Theodore Finch, dos jóvenes que lidian con su propio dolor. Violet, atrapada en un duelo que parece no tener fin tras la muerte de su hermana, y Finch, un chico que lucha en silencio con una oscuridad que nadie parece notar. Desde el instante en que sus caminos se cruzan en ese puente, la película establece un tono que mezcla fragilidad, esperanza y una sensación constante de que algo importantísimo está a punto de romperse o reconstruirse.

Verlos juntos fue como observar cómo dos almas aprenden a caminar de nuevo. Finch, con su energía impredecible y ese encanto caótico que esconde grietas profundas, intenta llevar a Violet de vuelta al mundo. Ella, tímida, retraída, con los ojos cargados de nostalgia, empieza a abrirse poco a poco. Cada viaje, cada lugar que visitan en su “recorrido por maravillas”, se siente como una pequeña victoria contra la tristeza, como si ambos fueran coleccionando momentos para contrarrestar lo que los arrastra hacia abajo.

La película sabe exactamente cómo jugar con los contrastes: la luz y lo sombrío, lo tierno y lo devastador. Hay escenas donde todo se siente tan cálido, tan lleno de vida, que por un momento creí que ambos lograrían dejar atrás su dolor definitivamente. Pero también hay silencios, miradas perdidas, y detalles casi imperceptibles que me recordaban que la lucha de Finch no era tan sencilla como él hacía parecer. Ese equilibrio emocional es uno de los aspectos que más me impactó: la historia nunca romantiza el sufrimiento, pero tampoco lo ignora.

Lo que más me conmovió fue cómo Violet empieza a sanar gracias a Finch. No porque él la “arregle”, sino porque la impulsa a recordar quién es, a recuperar su voz, a escribir otra vez, a sentir sin miedo. Ella aprende a volver a la vida… pero él sigue peleando con su propio tormento. Y allí es cuando la película se vuelve más honesta, incluso dolorosa. Porque Violet y Finch no pretende ser una historia donde el amor lo resuelve todo; es una historia donde el amor ilumina, sí, pero no siempre alcanza para salvar a quien se está hundiendo en el silencio.

Cada escena final me dejó con un nudo en la garganta. Las piezas que se van revelando, los últimos mensajes, las señales que Violet cae en cuenta demasiado tarde… todo construye una despedida que no es trágica por sorpresa, sino por inevitabilidad. Y aun así, cuando llega, duele como si no lo esperáramos. La película te deja pensando en esas personas que parecen brillar más fuerte justo antes de apagarse, en esos gestos de alegría que esconden guerras internas que nadie más escucha.

El trabajo de interpretación de ambos protagonistas hace que la historia se sienta profundamente personal. No los ves actuando; los ves viviendo algo real, algo que podría estar pasando en cualquier escuela, en cualquier casa, detrás de cualquier sonrisa. Me conmovió especialmente cómo Violet transforma su dolor: no lo niega, no lo esconde, sino que aprende a cargarlo con una fortaleza que solo quienes han amado y perdido pueden comprender.

Y creo que ahí está el corazón de “Violet y Finch”: en mostrar que el dolor no desaparece mágicamente, pero que siempre hay caminos para seguir adelante. Caminos que se construyen con recuerdos, con palabras no dichas, con lugares que cobran nuevos significados. Caminos que, aunque nacen de la tristeza, pueden llevarte hacia algo más luminoso.

Al terminar la película me quedé en silencio, reflexionando sobre los pequeños detalles que Finch dejó atrás, sobre cómo Violet decide honrar lo vivido, sobre esas preguntas que uno nunca logra responder del todo cuando se trata de salud mental y amor. Porque al final, Violet y Finch no es solo una historia de dos adolescentes; es una invitación a mirar más allá de lo evidente, a escuchar incluso cuando alguien dice “estoy bien”, a entender que todos cargamos algo que podría cambiarlo todo.

Y mientras los créditos avanzaban, no pude evitar preguntarme:
¿Cuántas historias como la de Finch pasan desapercibidas, escondidas detrás de una sonrisa que nadie se detuvo a mirar dos veces?

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